Cuando era niña no ambicionaba salir a fiestas con los amigos, tener vicios o irme de mi casa, no, yo deseaba ser grande para trabajar, tener dinero propio y viajar a Rusia. Y es que cuando se es niño, se sueña, imagina y desea ser mayor. No creo que exista un niño que se dedique a serlo solamente y no piense en su futuro; la mayoría, ha pensando alguna vez en su futura profesión y la piensan como algo divertido, arriesgado o altruista, como en ser piloto de un avión, bombero o médico.
El llegar a ser mayor era uno de mis sueños. Siempre admiré a mis profesoras y creo que esto fue el principal motivo por el cual la primera carrera en la que pensé fue dedicarme a la docencia (aun sigo pensándolo, pero de diferente forma). Tenía muchas ganas de enseñar a los niños, de darles un buen ejemplo y ser la mejor de sus profesoras, tal como ellas lo fueron para mi, como mi profesora de cuarto grado de primaria de la cual obtuve grandes conocimientos, a ser más responsable y cuidadosa en mis trabajos y con la cual desarrollé mi creatividad como nunca antes lo había hecho, pues fue en ese año cuando aprendí a dibujar.
Al entrar a la secundaria, me tope con una profesora lo bastante exigente y arrogante, situación que provocó que diera lo mejor de mi, que explotara mis capacidades intelectuales lo más que podía, me gustaba ser el ejemplo de mis compañeros pues no era cualquier profesora la que me elogiaba. Fue en secundaria cuando me convertí en una persona mucho más ambiciosa en cuanto a conocimientos y cuando por primera vez pensé en entrar a la universidad, pues anteriormente jamás había pensado en eso, principalmente, porque no tenía un ejemplo a seguir más que el de mis padres.
Al llegar a la preparatoria, conocí personas que me hicieron ver las cosas de manera distinta. Ya no importaban las calificaciones, sino los verdaderos conocimientos, ya no importan los trabajos sino la aplicación de lo aprendido, no importaban los elogios de los profesores, sino la satisfacción personal del saber por saber, no por ser reconocido.
En este momento de mi vida, pensé en varias carreras por estudiar, buscaba algo que me satisficiera totalmente, que me permitiera saber de todo, algo que me permitiera trabajar en lo que yo deseara sin limitarme a solo un campo de estudio. Me entusiasmaba y deseaba estudiar artes, ser una mujer muy culta siempre ha sido mi ambición, quería finalizar mis estudios en música, artes plásticas, estudiar letras, etc. pues considero que mis aptitudes en esta área son amplias, sin embargo, sabía de antemano que no era un empleo bien remunerado, además de ser una carrera costosa.
Antes de llegar a la universidad, pensé seriamente en algo que cumpliera con todas mis expectativas, en la que pudiera aprender de varios temas, en donde el campo de estudio no se redujera a un cuarto con bacterias, libros, cuerpos, computadoras, diccionarios, etc. sino algo que me permitiera ver todo desde diferentes perspectivas y la respuesta fue Relaciones Internacionales.
Estando en la universidad estudiando dicha licenciatura, me he percatado de que puedo ver, hablar, escribir, analizar entre otras habilidades que con el tiempo se desarrollan en los internacionalistas, que podemos ver la realidad de una manera más compleja y completa sin cerrarnos a ciertas reglas, es una carrera con una mayor apretura al conocimiento y eso es lo que yo buscaba.
Pese a todo lo que me ha brindado mi carrera, existen algunos aspectos que no me gustan, y consiste en que muchos de los alumnos compiten por la popularidad, buscando cierto protagonismo intelectual; cierto día un compañero me dijo: “A ella (compañera de nuestra generación)no le interesa mucho la carrera, ¿verdad?” no supe que responder en ese momento; ahora creo que no es que a la compañera no le importara la carrera, sino que la toma de distinta manera a él, su método de aprendizaje es distinto y no es que a ella no le interese sino que las calificaciones no le son prioritarias, quizás no busque un reconocimiento publico, diplomas y demás, quizás ella estudie por satisfacer antes su alma, que su sed de falso liderazgo y protagonismo innecesario.
Siempre he detestado a las personas con buenas calificaciones y malos conocimientos, admiro a aquellos que anteponen la sabiduría y la cultura a las buenas notas, que aman el conocimiento por satisfacción personal y no por ser la imagen de chicos intelectuales; los que definitivamente tienen mi total respeto son los que además de ser inteligentes y cultos, también tienen buenas notas por su responsabilidad, dedicación y organización.
Ahora que estoy tan próxima a iniciar la tesis, tengo varios ejemplos a seguir y motivos de más para no abandonar el proyecto pese a las dificultades que se me han presentado; me encanta mi tema y la licenciatura que escogí y por tal motivo debo ser optimista aunque la desesperación invada mi mente y desestabilice mis emociones a la hora de sentarme a escribir.

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