domingo, 6 de diciembre de 2009

Recuerdos enterrados...


Se aproximaban las vacaciones y eso significaba que te irías a Europa cerca de un año a realizar tu posgrado. Estábamos tan acostumbrados a estar cerca y platicar a diario que eso constituía el peor de los castigos que la vida nos imponía.

Llegó el día. Te fuiste a Eslovaquia y con un nudo en la garganta te dije: “recuerda escribirme una vez a la semana”, apreté tu mano y tú levantaste la mía, la besaste y murmuraste “Es sólo un año, todo saldrá bien” -con los ojos llenos de lágrimas levantaste la maleta y te dirigiste hacia los filtros que permitían la entrada al área internacional del aeropuerto, justo cuando estabas del otro lado colocando de nuevo tu hebilla, izaste la mano y me hiciste una señal de despedida no sin antes haberme gritado -“Me extrañas, eh!!; TE AMO”- y caminaste rumbo a migración, perdiéndote entre la multitud.

Era difícil comunicarnos, principalmente por la diferencia de husos horarios, pues olvidaste llevar tu reloj y eras tan bobo que olvidaste por completo los exhaustivos ejercicios que el profesor Garibay nos dejaba en la clase de geografía física para calcular las horas; en fin, que eso no te impidió llamarme y levantarme pasadas las tres de la mañana, pero me hacía feliz escucharte que no me importaba que asustaras mi sueño.

Pasaban los días y yo seguía tachando el calendario como si eso te fuera a devolver más rápido hacia mí, al menos aminoraba la ansiedad, cada vez faltaba menos para tu regreso y los planes en mi cabeza aumentaban; deseaba darte una sorpresa, algo que jamás olvidaras.

Me gustaba estar a solas para pensar en ti, leía los libros que me obsequiaste y cuando me desprendía de aquel mundo en el que la literatura me envolvía, abrazaba el libro porque tenía cierto grado de tu aroma y eso me gustaba, te tenía presente en todo momento.

Por las noches, antes de dormir miraba aquel portarretrato que compramos en Coyoacán, mi lugar preferido, y no podía evitar derramar una lágrima al recordarte. Dormí acariciando tu recuerdo en mi memoria deseando que al despertar estuvieras acostado a mi lado; me dolía estar tanto tiempo separada de ti y no poder hablarte ni saber al menos que te encontrabas bien, te extrañaba demasiado.

No podía ser egoísta y decirte que no te fueras, porque sé que si te lo pedía permanecerías a mi lado, pero preferí apoyarte en tu decisión, no siempre se presentan oportunidades de tal magnitud y si cursar el posgrado en Bratislava era la opción, yo debía apoyarte; crecieras profesionalmente, además, me habías prometido que al regresar nos casaríamos.

Ocho meses después, las llamadas y mensajes fueron menos frecuentes, ya no eran diarios, sino semanales y posteriormente… mensuales. Esta situación me hacía sentir muy mal, me preguntaba a qué se debía tu cambio, me consolaba pensando que tenías mucho trabajo, demasiadas cosas que hacer pues ya estabas a punto de terminar el posgrado.

Todo cambió, dejé de esperar señales tuyas porque simplemente ya no las había, te escribía en el blog pero no respondías, abandonaste tus cuentas y nunca te encontraba conectado al Messenger. Cierto día, llamé a tu casa y me dijeron que estabas bien, que ya llevabas una semana en México.

Me conmoví hasta las lágrimas. -“Muchas gracias”-dije. -“¿Quién llamó, perdón?”- dijo una señora.Colgué.

Preferí esperar, sabía que él no era el tipo de hombre cobarde que capaz de hacer algo que fuera en contra de sus principios. Volví a llamar más tarde y me dijeron que habías salido, que llegarías al día siguiente. Así transcurrieron dos semanas, “No se encuentra. Llega mañana. Gusta dejar un recado”. Desistí.

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Ya habían transcurrido dos años. Era un frío lunes de enero, estaba nublado, llovía un poco y el viento golpeaba mi helado rostro enjuto, iba bien abrigada, llevaba una sombrilla negra y las botas de invierno. A decir verdad, este clima era muy raro en nuestro país y uno debía acoplarse pues cada vez eran más frecuentes los cambios en la temperatura.

Me dirigí a comprar un café capuchino y una dona francesa lo bastante grandes como para no acabármelos en todo el día, pues era de boca pequeña y no solía ser rápida cuando de comer se trataba y mucho menos si era una bebida muy caliente, en fin, esto le vendría bien a mi organismo.

Me detuve frente a la Iglesia, quería inmortalizar el fondo gris que decoraba semejante belleza artística, esta escena era la indicada y hacia juego perfecto con el nuevo artículo que estaba escribiendo en la editorial para la que trabajaba… justo al tomar la fotografía también te inmortalicé a ti.

Salías de la Iglesia, lucías muy atractivo, tu cabello era más largo de lo normal, tu barba había crecido un poco y usabas unos lentes sin armazón que apenas se notaba que los llevabas puestos. Traías una chaqueta azul marino y pantalón beige.

Mi corazón latía con demasiado frenesí. Deseaba hablarte y saber de ti. Avancé un poco, me detuve al ver que una chica se acercaba y te extendía a una pequeña niña para que la cargaras mientras jalaba con mucha dificultad al Collie que llevaban consigo. Le tomaste la mano y con la niña de cabellos rizados en brazos se alejaron caminando por la plaza.

Subí al auto, no dejé de mirar la escena por el retrovisor y mis ojos que hacía mucho tiempo que no se humedecían, derramaron gruesas gotas de dolor provenientes de lo más profundo de mi alma. Era otra la mujer que a tu vida había entrado y por la cual jamás volviste a buscarme.

Te perdí de vista, arranqué y decidí enterrar ahí mismo tu recuerdo. Borré la foto.

0 Om Hare Om: